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  • Mónica Rivas

Respirar: un arte olvidado


Respirar es más que mover el diafragma para hacia abajo y aspirar aire para alimentar células hambrientas y expulsar desechos. Las decenas de miles de millones de moléculas que nos metemos en el cuerpo con cada bocanada también desempeñan un papel más sutil pero igualmente importante. Influyen en casi todos nuestros órganos internos diciéndoles cuándo encenderse y apagarse. Afectan a la frecuencia cardíaca, la digestión, el estado de ánimo y las actitudes; determinan cuándo estamos excitados y cuándo estamos mareados. Respirar es un interruptor de una amplia red llamada sistema nervioso autónomo. Este sistema tiene dos secciones, las cuales desarrollan funciones opuestas. Ambas son esenciales para nuestro bienestar.


La primera, llamada sistema nervioso parasimpático, estimula la relajación y la recuperación. Los pulmones están cubiertos por unos nervios que se extienden a ambos lados del sistema nervioso autónomo, y muchos de los nervios que se conectan con el sistema nervioso parasimpático están situados en los lóbulos inferiores, por eso las respiraciones largas y lentas son tan relajantes. A medida que las moléculas de aire descienden a mayor profundidad, estimulan nervios parasimpáticos, los cuales mandan más mensajes a los órganos para que descansen y digieran. A medida que el aire asciende por los pulmones durante la exhalación, las moléculas estimulan una respuesta parasimpática aún más poderosa. Cuanto más hondo y suavemente inspiramos, y cuanto más larga es la espiración, más lento late el corazón y más nos tranquilizamos. (…)


La otra mitad del sistema nervioso autónomo —el simpático— desempeña el rol opuesto. Manda señales de estimulación a nuestros órganos para que se preparen para la acción. Un gran número de miembros vinculados a este sistema están repartidos por la parte superior de los pulmones. Cuando hacemos respiraciones cortas y apresuradas, las moléculas de aire ponen en marcha los nervios simpáticos. Actúan como una llamada a un número de emergencia. (…) Aumenta la frecuencia cardíaca, se empieza a notar el efecto de la adrenalina, se estrechan los vasos sanguíneos, se dilatan las pupilas, sudan las palmas de las manos y la mente se aguza. (…) Pero nuestro cuerpo está diseñado para permanecer en un estado de elevada alerta simpática únicamente durante brotes cortos, y solo de vez en cuando. (…) El nervio vago es el interruptor, es lo que enciende y apaga los órganos en respuesta al estrés (…) y hay una forma para estimularlo: la respiración.


Respirar es una función autónoma que podemos controlar conscientemente. Mientras que no podemos decidir cuándo ralentizar o acelerar el corazón o la digestión, o cuándo llevar la sangre a un órgano u otro, sí podemos escoger cómo y cuándo respirar. Forzándonos a respirar lento podemos abrir la comunicación a lo largo de la red del nervio vago y relajarnos para entrar en un estado parasimpático. (…)



“Respira. La nueva ciencia de un arte olvidado”, James Nestor