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  • Foto del escritorMónica Rivas

El arte de consolar


La aptitud para consolar es una de las capacidades con las que el ser humano está equipado desde su nacimiento. (…) El dolor nos aísla del mundo, de los demás y de nosotros mismos, pero el consuelo restablece los vínculos, con paciencia y dulzura. (…) Y no es necesario aspirar a estrategias demasiado complejas: todo suele empezar con una presencia, una intención, gestos y palabras sencillas. (...) El consuelo no es la búsqueda de soluciones; no pretende cambiar la realidad sino aliviar el sentimiento de sufrimiento. (…) Consolar es saber y aceptar que nuestras palabras solo alivian imperfectamente el dolor; pero también es desear que ese dolor no se viva en soledad. (…) El consuelo de los afligidos nunca pretende suprimir el dolor, sino hacerlo soportable, que no les quite del todo las ganas de vivir. Pero no se trata solo de los entristecidos: también están los asustados, a los que hay que tranquilizar; los alterados, a los que hay que apaciguar; los avergonzados, a los que hay que reconfortar; los envidiosos, a los que hay que iluminar... Y en todos los casos, siempre algo de consuelo.


Sin embargo, si es difícil para quien desea consolar encontrar las palabras adecuadas, es aún más difícil para quien es consolado entender las palabras inadecuadas. (…) Es importante no generalizar, no hablar de los demás, ni de uno mismo, solo de la persona que está delante y del dolor que experimenta en ese momento.


El mundo de los que consuelan y el de los consolados no están tan alejados: los seres humanos oscilan de un papel a otro según las pruebas que encuentran en su camino. (…) Si nos sentimos conmovidos por el dolor de los demás, a veces también es porque sabemos que podría haber sido el nuestro… o que lo fue un día, o lo será mañana. Un niño consolado experimenta que puede confiar en los adultos (y más tarde en sus seres queridos) en situaciones difíciles. También aprende que es normal fracasar y hacerse daño al rozarse con la vida, pero que uno puede hacerlo sin miedo porque la posibilidad de ser confortado está ahí. (…) Para aceptar ser consolado, hay que aceptar ser tan indefenso y frágil como un niño, hay que dejar la ropa de adulto, los modales de adulto, el disfraz de poderoso, la máscara de fuerte, las certezas…


Sin embargo, el camino de la tristeza lo debe recorrer cada uno a su ritmo, nadie puede obligarte a ir más rápido, ni nadie puede recorrerlo por ti. (…) Una de las reglas de oro del arte de consolar es no precipitarse en la consolación, no lanzarse a las palabras consoladoras con demasiada rapidez. La paciencia es necesaria, tanto para los que consuelan como para los que son consolados: no puedes hacer que la hierba crezca más rápido tirando de ella.


Vamos a sufrir, a envejecer y a morir, y lo mismo ocurrirá con los que amamos (…). De eso se trata la vida, es indiscutible; pero, afortunadamente, no se trata solo de eso. Porque la vida también todos los momentos de felicidad que nos alivian, nos consuelan, nos ilusionan, nos ayudan a comprender que, a pesar del sufrimiento, del paso del tiempo, de la perspectiva de nuestra desaparición, la vida es bella, que pasar por ella es una gracia, y haberla vivido, una gran oportunidad. (…) Tendremos que hacer un ligero esfuerzo para dejarnos reconfortar por la dulzura del mundo, para superar todas las tristezas dispuestas a surgir en nosotros. (…) Sin duda existen absolutos de la desolación: la muerte, la violencia, la miseria. Y luego están las relativas: todas las adversidades ordinarias, todos los problemas de la vida cotidiana. (…) Además, sin quererlo, sin saberlo, los sanos y los que no sufren ofenden y hieren a los que sufren.


El amor alimenta el consuelo, ya sea para quienes consuelan o para los consolados. Para los primeros, el amor da la fuerza para hacer el bien, sin suspirar, sin esperar ningún efecto o recompensa; incluso aceptando golpes y reproches por haber dado un mal consejo. En el caso de los segundos, el amor nos da la fuerza para aceptar los consejos sin enfadarnos. (…) Para ser consolado, hay que abrir los ojos y aceptar ver el mundo tal como es, en su totalidad: no solo su fealdad y sus dolores, sino también sus bellezas y sus bondades.



Cuando las cosas van bien, nos dejamos llevar por una corriente favorable; cuando la enfermedad, la incapacidad o la adversidad están presentes, tenemos que ser más activos, porque la corriente va en nuestra contra.(…) Por eso, las personas que han tenido que enfrentarse a grandes adversidades suelen tener una visión más rica y densa de la existencia que las que han conocido sobre todo la comodidad y la ausencia de dificultades. Es importante recordar que no es evidente que podamos salir reforzados de una prueba, pero que siempre es posible. Sin embargo, esta verdad no debe imponerse a los que sufren: corresponde a cada uno descubrirla y, sobre todo, construirla.


"Consolaciones: Lecciones de un terapeuta para enfrentarse a las adversidades"

Christophe André

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